Las elecciones en Honduras por fin se celebraron, y la asistencia a las urnas de más del 60% de los empadronados las hace un hecho político imposible de ignorar. En el ánimo de profundizar en los acontecimientos hondureños, es necesario colocarlos en su contexto, y tomar nota de que en el trasfondo de lo ocurrido hay una situación similar con la de otros procesos donde la institucionalidad política ha sido rebasada. Aquí no fue rebasada sino violentada, pero en esencia se trata de lo mismo: el sistema tradicional de partidos políticos y las bases constitucionales de los Estados han sido superados por la realidad; en algunos casos esto produce movimientos hacia la izquierda, y en otros hacia la derecha. En Honduras las elecciones pueden ser un paso hacia la apertura de su sistema político, o bien convertirse en una frustración más: todo depende de lo que se haga o se deje de hacer. El nuevo presidente electo, Porfirio Lobo, ha planteado que buscará la unidad nacional, lo cual es algo que cae de su peso, al menos como declaración. Pero los derroteros de su país en mucho dependerán de que se avance en ese objetivo, teniendo presente que para alcanzarlo en profundidad habrá que cambiar muchas cosas. Eso sí, a golpe dado no hay quite, y EEUU emerge de todo esto con la sartén por el mango, con una OEA sin color ni sabor, y los países europeos enredados en su propia retórica. (SV: 15)