A pesar de los eternos nubarrones que ensombrecen las coyunturas, Guatemala vive desde los años setenta del pasado siglo un proceso de modernización que la ha transformado y que lo seguirá haciendo. Este proceso no es integral y dista mucho de lo que desearíamos, y como todo proceso de modernización genera inestabilidad. Lo particular en nuestro país es que dicha inestabilidad no cede, y cada vez contiene más elementos de caos. Aquí, la revolución no triunfó y el caos se ha vuelto crónico. El arribo a la modernidad sigue siendo la tarea pendiente, que depende fundamentalmente de la fortaleza de las instituciones públicas y en especial de los partidos políticos. Por consiguiente, la pieza que no encaja es esta última, ya que a partir de 2000 asistimos a un deterioro institucional acelerado. Sin embargo, desde mediados de los años sesenta, los cambios engendrados por el Mercado Común Centroamericano y por el creciente uso de abonos químicos en la pequeña economía campesina, sumados a procesos sociales como la “concientización” y el inicio de las reivindicaciones étnico-culturales, generaron nuevos protagonismos y demandas. Lo mismo ocurrió con el enfrentamiento armado y la posterior firma de la paz. El hecho es que en la Guatemala de hoy, a pesar de la persistencia de altos niveles de pobreza y sobre todo de extrema pobreza, se registra un proceso de urbanización acelerado y de expansión de la clase media, siendo lo más nuevo y significativo la expansión de la clase media rural, particularmente maya. Estos y otros fenómenos, aunque parezca increíble, son ignorados por la mayoría, incluidos directores de empresas y funcionarios de alto nivel. Muchos factores inciden para que esto sea así: desde la insuficiencia de información cualitativa y no sólo cuantitativa, hasta la tradicional y vergonzosa subestimación de los guatemaltecos, que prevalece en los mismos guatemaltecos, especialmente de clase media y alta. Ignorar el fenómeno anterior, apenas esbozado, conduce una y otra vez a errores estratégicos, en lo público y en lo privado. En lo privado, la subestimación o el desconocimiento de la intensa actividad empresarial que se despliega en los departamentos, acentúa la tendencia a no invertir en los campos más promisorios para el desarrollo del país. En lo sociopolítico, estos fenómenos casi no se perciben: el sector campesino y rural que progresa no se manifiesta públicamente. Por eso algunos tienen la percepción de que en el medio rural los únicos movimientos que existen son los que se oponen a todo, exigiendo lo imposible. (SV)









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