El conflicto entre Nicaragua y Costa Rica tiene profundas implicaciones históricas, jurídicas, diplomáticas y políticas, pero la solución al mismo no puede decidirse por otra vía que por la de la ética. La arrogancia humana, como supuesto epistemológico y moral, nos está condenando a todos, no solo a los dos países involucrados en ese problema fronterizo. Aparentemente, el foco de la discordia entre ambas naciones ha sido el río San Juan, pero todos sabemos que el problema real es mucho más hondo y tiene que ver con poder y la idolatría que el mismo genera. Las dos riberas del río San Juan son Bocatto di Cardenali para los avorazados de siempre; según científicos y ambientalistas, los proyectos económicos que se tienen contemplados en esa región alterarían irreversiblemente la vida en la corriente de agua más grande de América Central. Primera razón por la cual no es un conflicto bilateral sino regional y hasta planetario. A decir del director del Centro para la Investigación en Recursos Acuáticos de Nicaragua, el biólogo Salvador Montenegro, el proyecto hidroeléctrico acordado entre los gobiernos de Brasil y Nicaragua en 2007 afectaría gravemente la biodiversidad del San Juan y todas las reservas naturales de su entorno. Los medios de comunicación y los políticos de ambos países han contribuido a una polarización que nuestra región no necesita más y han puesto mucho de artificial en el conflicto. Incluso otros presidentes, como Martinelli en Panamá, han contribuido negativamente, evidenciando una parcialidad sobrada. Esto ha azuzado una inútil xenofobia, porque muchas familias de ambos países tienen parientes y amigos en la vecindad. La soberanía es mucho más que erigirse como dueños de un río; pasa por levantarse como una nación para las generaciones presentes y futuras. Costa Rica y Nicaragua están enfrascadas en un conflicto que el gobierno de la primera nación ya llevó a la Corte Internacional de Justicia, en La Haya. Habrá que aferrarse al diálogo como medida de acuerdo y resolución; y creo también que la coincidencia general es que nadie quiere la presencia de ejércitos de ningún tipo en la zona. Pero lo esencial es creer que el fluir de un río es más importante para la humanidad que la opinión de quienes creen que el futuro termina en la punta de su nariz. (PL)