Hoy vivimos en una situación de violencia inconcebible. Se han impuesto el terror y la saña; una cultura de menosprecio a la vida.

Rigoberta Menchú Tum

El pasado 10 de diciembre se celebró el Día Internacional de los Derechos Humanos, y razones para no alegrarse en Guatemala hay. En nuestro país la situación de los derechos humanos dista de ser la deseable para una sociedad democrática. Las causas son estructurales e impiden un avance claro y sostenido, entre otras: impunidad, corrupción, violencia, hambre, injusta distribución de la tierra y de los ingresos, racismo y discriminación.

Mientras que hoy se alzan las voces para que se reconozcan otros derechos, como lo son el derecho humano a la paz, el derecho humano al desarrollo y el derecho humano al medio ambiente, en nuestro país no se protegen ni se hacen respetar con la firmeza, la convicción y la ética que se requiere los derechos humanos fundamentales. Guatemala como Estado, delante de los compromisos asumidos en el ámbito de los derechos humanos, durante largos períodos ha sido intolerante e irrespetuoso. A la fecha, aun habiendo asumido en el engranaje de su última Constitución los contenidos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, persiste la violación a los derechos fundamentales, entre estos el Derecho a la Vida, derecho violado a diario por la creciente violencia y pobreza y en donde el Estado por acción u omisión tiene responsabilidad.

Es cierto que en relación con las políticas de Estado en el pasado reciente, respecto al respeto de los derechos humanos Guatemala registra algunos avances. Sin embargo, estos avances no son los deseados por cuanto hay coyunturas que debieron haber permitido un avance mayor. Tal es la coyuntura posterior a la firma de la Paz Firme y Duradera. Leer opinión completa: No se trata de pesimismo