Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de estadistas y jefes de Estado manifestaron su repudio a los excesos a los que se había llegado y se propusieron crear una serie de derechos que alertaran sobre el peligro de la pérdida de la libertad y la plena igualdad de todos los seres humanos. Esto se hacía para ir en contra de la ideología nazi, que pretendió una superioridad sobre muchas otras formas de pensamiento y de etnias, que siguieron también los Gobiernos de Italia y Japón, que se unieron a este inverosímil programa. Pese a que se hizo una Declaración Universal de los Derechos Humanos y fue vitoreada y firmada por la mayoría de países de aquel 1948, en el presente a veces se olvidan sus dos importantes pivotes: mantener la libertad que implica desarrollo y seguridad bajo leyes adecuadas; y la dignidad de que todas y todos sean reconocidos como iguales.

Sabemos que la libertad se ha tratado de mantener aun en medio de las amenazas del crimen organizado, la disparidad económica y las lagunas de la ley. Igual la libertad de prensa: es una lucha constante por mantenerla en una sociedad que no termina de aceptar que hay muchas maneras de ver un problema y que esta es la base de la riqueza dentro de la naturaleza humana. Aceptar eso es dar un paso de comprensión ante los derechos humanos como complemento equilibrador de los altibajos de la historia. Cerca de esto está el batallar contra la discriminación. Leer editorial completo: Los derechos humanos y la paz